lunes 22 de junio de 2009

Insuminión y el Castillo de Galeras (1972)


Plano del castillo.
Desde el castillo de galeras, con el CIM al fondo.


La insumisión fue un movimiento antimilitarista de desobediencia civil al servicio militar que existió en España desde finales de los años 80 hasta la desaparición del servicio militar obligatorio a mediados de los 90.

A finales de los 80 se promulgó una ley que reconocía el derecho a la objeción de conciencia, estableciendo una prestación social sustitutoria (PSS) de 18 meses como alternativa al servicio militar obligatorio. Los objetores procesados fueron entonces amnistiados y quedaron libres de sus obligaciones militares. Un puñado de ellos, sin embargo, considerando que la mayor duración de la PSS penalizaba a los objetores, que se trataba de un trabajo esclavo que eliminaba puestos de trabajo remunerados y que el objetivo debía ser la desaparición total del servicio militar, renunció a la amnistía y volvió a quedar en disposición de ser llamado a filas.

Cuando el ejército quiso volver a reclutarlos, los llamados "insumisos" se negaron tanto a incorporarse a filas como a acogerse a la objeción de conciencia. Al hacerlo incurrían en un delito y volvían a ser procesados, pero la existencia de una opinión pública mayoritariamente desfavorable al servicio militar obligatorio hacía que los procesos judiciales, sobre todo cuando incluían paso por la cárcel, tuvieran bastante coste político para el gobierno.
La negativa a hacer el servicio militar estaba penada por el código penal militar y formaba parte de la jurisdicción del ejército, siendo la pena mínima para ese delito la de un año de prisión. La negativa a realizar la PSS estaba penada por el código penal ordinario con dos años, cuatro meses y un día de prisión.


En el castillo de galeras por el año 1972, se cumplian penas por insumisión.
El castillo de galeras es una Fortaleza, del siglo XVIII, abaluastrada neoclásica ecléctica rectangular proyectada por el ingeniero militar Pedro Martín Zermeño, de la Escuela Española afrancesada. Posee cuatro baluartes de traza irregular, un gran patio concéntrico en su interior y un foso seco que lo rodea, con sus escarpa y contraescarpa. De este castillo, considerado último reducto defensivo, parte la Muralla de Carlos III. En este castillo se proclamó la Revolución Cantonal de 1873, se y bautizó al edificio con el sobrenombre de «capitán de todos los castillos»

Objetivo: Dominar la plaza, el puerto, el Arsenal y la Algameca. Posteriormente prisión militar y semáforo. Posee vigilancia militar.


El 23 de abril de 1971, Pepe Beúnza, de 23 años, fue juzgado por un Tribunal Militar en Valencia por negarse a cumplir con el servicio militar, entonces obligatorio. Fue condenado a un año de cárcel y a un batallón de castigo en el Sáhara, cumplió condena en aquel lugar, en el castillo de galeras.




Texto sacado del libro La utopia Isumisa de Pepe Bounza:

Capitulo 20. A Galeras, en un castillo a la orilla del mar

...Sabía que no lo volverían a enviar a Jaén y por eso prefería ir a una prisión militar, para eludir el riesgo de acabar en una cárcel de presos comunes. Salió en conducción el 11 de mayo de 1972. Esposados, desde un autobús de la guardia civil, con los ojos casi desorbitados, los presos observaron a la gente que disfrutaba de la playa de Benidorm, buscando entre los bañistas las visiones más celebradas y aplaudidas, aquellos bikinis todavía minoritarios. No voy a profundizar en lo que ya se sabe, no repetiré la retahíla de penurias, estrecheces y gorrinerías de las conducciones de presos, un tipo singular de operación de castigo penitenciario. Llegaron a Murcia y pudo hablar con gente que iba hacia el Sáhara o que volvía de Galeras. No era demasiado malo lo que contaban de la prisión de Cartagena, algunas noticias sobre su régimen sonaban increíbles. Tras unos días en la prisión civil de esa ciudad, una cárcel de máxima seguridad con carceleros muy provocadores, acabó instalado en el penal de Galeras, un antiguo castillo en una montaña a la orilla del mar.

Allí conoció al preso político José María Coderch, un luchador comunista, un hombre inteligente y solidario, un amigo con el que afortunadamente coincidiría más veces. La ayuda de José María fue siempre capital para nuestro preso de conciencia y, en líneas generales, para la población reclusa que convivió con él (aunque -eso sí- no soportaba la actitud autista, cansina e insolidaria de muchos Testigos de Jehová). En el penal de Galeras casi todos lo presos eran desertores, además de unos cuarenta Testigos. La noticia de su llegada precedió a Pepe Beunza. José María, sin conocer a la persona pero sí su fama, preparó todo para que desde el principio se sintiera lo mejor posible. Fue el que le aconsejó que se dedicara a dar clases a los presos comunes, una tarea que en efecto sería gratificante. De esa forma, aunque nada más llegar sufrió la ya conocida depresión con pérdida de apetito, la impresión que tuvo fue inmejorable. No salía de su asombro al comprobar que, efectivamente, podía recibir visitas de cualquier persona que lo solicitara, charlar durante unas seis horas diarias, y pasear y comer por los patios con sus visitantes: cuando acudían los familiares de algún preso amigo pasaban el día con ellos, una costumbre que sobre todo a padres y madres siempre dejaba contentos y tranquilos.

Lo peor de aquel penal era el mal ambiente que a veces provocaban ciertos presos, encarcelados por delitos comunes, entre otras cosas, porque tenían muy fácil emborracharse. Cierta vez estuvo Pepe Beunza en peligro de ser víctima de una tremenda agresión, pero consiguió sortear el peligro. Salvando esa tendencia de la tropa encarcelada a la borrachera mal digerida y a la bronca peligrosa, la verdad, en aquel penal se vivía mejor que en la mejor prisión civil. Podía recibir todo tipo de periódicos legalizados (José María estaba suscrito a La Vanguardia). Podía atender todas las llamadas telefónicas que le hicieran, y le dejaban tener una radio, un magnetófono e incluso un tocadiscos. No había límites con el correo. Podía escribir tantas cartas como recibir, aunque, por supuesto, debían pasar por la censura.

Allí se dormía en brigadas con forma semicircular que, nada más entrar, me parecieron cuevas hippies, llenas de fotografías, bastante desordenadas, una gozada. Realmente era increíble que en una cárcel española del año 72 se pudiera vivir bien, pero tiene una explicación: además de que los presos estaban normalmente con condenas pequeñas y de que los Testigos generaban un ambiente tranquilo, Galeras de Cartagena salía muy bien parada del hecho de que las prisiones militares no tuvieran muchos recursos organizativos: eran dirigidas por un capitán, un brigada para la oficina, un sargento y algunos soldados. Con tan poco personal, la cárcel funcionaba porque dependía más de los presos que del ejército (aunque eso también explica que la de Alcalá, al primar la ley del más fuerte, fuera de las temibles).

Los militares necesitaban la colaboración de los presos a costa de transigir con la disciplina. Además, no había un mando fijo. El brigada encargado de la oficina era siempre el mismo, pero cada quince días cambiaban el sargento y los soldados, y cada mes, el máximo responsable del penal, el capitán, el cual tenía que vivir allí durante todo ese tiempo. Ese sistema de mudanzas hacía que el mando pasara por una crisis de adaptación. Cada mes se sucedían unas primeras jornadas de confusión y estúpida dureza regimental que sobre todo sufrían los presos, pero que también molestaba a los carceleros. Hasta que poco a poco el capitán aprendía a dejarse aconsejar y suavizaba su postura.

Los primeros días el capitán venía con el reglamento leído intentando aplicar disciplina, pero después se le pasaba el miedo a que nos escapáramos y se daba cuenta de que la cosa iba mejor para todos siguiendo los usos y costumbres, hasta que acababa jugando a las cartas con los presos. Claro, es lógico que un capitán recién llegado alucinara con algunas relajaciones de la normativa: por ejemplo, cuando había que bajar la basura a Cartagena iban soldados y presos y, de paso, se daban un baño en la playa. Pero acababan entendiéndolo todo. Además, el papeleo de la oficina era algo engorroso para un capitán que sólo iba a estar allí un mes. El amigo José María Coderch era el alma de la oficina y tenía un control grandísimo sobre la cárcel: ponía trampas al recién llegado para que se agobiara con el papeleo. Más tarde o más temprano el capitán de turno se daba cuenta de que con la colaboración de José María la cárcel iba sobre ruedas.

Se establecía y restablecía cada mes un auténtico pacto de inobservancias, aunque es cierto que algunas generosidades regimentales, de haber trascendido, hubieran dado al traste con toda aquella «libertad encerrada»: por ejemplo, ciertas veces, mujeres y novias de los presos y de la milicia se quedaban a pernoctar con sus amantes, en lugares discretos de la prisión militar, normalmente en una habitación que ya tenían preparada para la ocasión.

Emilia estuvo una semana conmigo. Aprovechamos bien la habitación. Había que tener cuidado con el capitán: si pasaba por allí nos avisaban, salías un rato, paseabas delante de él y evitabas el mosqueo. De todas formas, un capitán «progre» y generoso hizo lo posible para que pasáramos una noche juntos, una noche inolvidable con mi chavala.

No obstante aquellos días tan intensos, los paseos incluso nocturnos de aquella semana formidable fueron también los del anuncio de una separación que, poco a poco, fue pareciendo inevitable. En Valencia Emilia había empezado a militar en los círculos trotskistas y el grupo de apoyo a la objeción de conciencia estaba cada día más apático y desmembrado. La nueva ideología de Emilia le llevó a cuestionar fuertemente el antimilitarismo y la no violencia.

La estaba perdiendo. No parábamos de discutir. Empezábamos a no estar de acuerdo en casi nada. Estábamos tan a gusto y, claro, con tanta discusión nos acabábamos amargando. Y no podíamos superarlo. Ella tenía la posibilidad de desarrollar sus nuevos elementos de juicio, estaba en la calle; pero yo tenía una responsabilidad muy fuerte, mi apuesta era conmigo mismo, con mi conciencia y con el posible camino que pudiera indicar a otros. En las siguientes visitas tanta discusión me torturaba.

La separación era algo más que una posibilidad. Parecía cercana. Además del distanciamiento y de su ruptura política con la objeción de conciencia, Emilia trabajaba como secretaria y se sentía un poco enferma (equivocadamente, le diagnosticaron una diabetes). Cada vez le costaba mucho más acudir a verlo. Pepe, aunque comprendía la perspectiva de ella, sentía un gran dolor al ver que irremediablemente la perdía. Sufría al recordar. Recordaba cuando lo habían detenido prácticamente en sus brazos. Habían vivido mucho en común. La cárcel, que parecía haber mantenido durante mucho tiempo el fuego vivo del amor, ahora aceleraba el desamor. A Pepe no le quedó más remedio que ir aceptándolo; él tenía que resistir.

Afortunadamente, a su vida de preso llegaron nuevos alicientes. Allí fue a parar su amigo Fernando, un preso político que había protagonizado el rifirrafe del camión de las coca colas cerca de la Universidad de Valencia. En general, por muy relativa que fuera la liberalidad del penal y aunque a Pepe Beunza le atormentara la perspectiva de su inmediato futuro sahariano, la verdad es que se sintió bien, superó todas las tristezas que le acechaban y se dedicó a disfrutar de las oportunidades y del buen pasar de los días. Hasta el trato con los sacerdotes fue siempre correcto: precisamente, uno de ellos (un agustino de buena fe), previa consulta a los penados, llevaba las películas que le pedían y una máquina de proyección de cuyo buen uso se encargaba Pepe Beunza. Todo un santo varón que presos y cinéfilos presos recordarán con inmensa gratitud. Y por si eso fuera poco, estaba el mar; la belleza quedaba cerca.

Una cosa que realmente se agradecía era ver el paisaje de Cartagena, observar desde allí la montaña, el horizonte, sobre todo el mar, su luz y sus colores. Se veían unas puestas de sol que eran maravillosas. Ver esos crepúsculos desde la cárcel te sobrecogía.



Ver el libro completo aquí.







Admiro a la gente que cuando quiere algo, va a por ello, aunque caminen hacia rutas salvajes.